Me desnudé en un bosque de Ciudad de México para enfrentar mis inseguridades

07 julio 2018
Noticias de Yucatán. Noticias de Hoy



Como si le estuviera tomando una fotografía a la cámara, la vi directamente al ojo, intentando imponerme sobre ella. No sé si lo logré, pero ahí, desnudo en una cascada de agua fría al sur de la Ciudad de México, vi a la cámara y ella me vió a mí. El aire arreciaba y el sol no salía, pero me quité la ropa y me puse a jugar con las ramas y troncos que estaban a mi alrededor. Me sentí ridículo y observado. Y así fue, observado, por mí.

La fotografía es honesta, directa, pero superficial. La narrativa es vasta, completa, pero mentirosa. La ficción te ayuda a escapar de ti mismo, a ponerte en segundo plano, a generar personajes y encuentros en los que todos se pueden enfrentar y tú, sales ileso. La realidad, en la otra mano, se cuela por las cloacas hasta que en algún punto te revienta la cabeza. Tal vez la ficción es perpetua y la realidad caduca. Lo que me pasó hace un par de semanas no vino a hacerme una reivindicación espiritual, no hizo un nuevo lanzamiento sobre cómo puedo amarme a mi mismo, ni una nueva "más elevada" comprensión sobre lo que significa estar desnudo. Lo que sí hizo fue enfrentarme a la persona que más temo: Yo.

A finales de diciembre del año pasado estaba viviendo, sin saberlo, los últimos momentos de la primera relación amorosa que he tenido, la única que con orgullo podría llamar como tal. Dentro de una enorme masa de dolor, resentimiento, incomprensión y autoflagelamiento, encontré una fotografía en Instagram que desencadenó una serie de pensamientos que culminaron con una extraña sesión de fotos desnudo en una reserva natural.
La fotografía era simple, pero destacaba por una cuestión sintomática y personal: cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, desnudas boca arriba sobre el agua. De ellos, conozco a uno de los hombres. Un tipo que, además, me caga. La verdad es que el tipo me daba celos y además, pues, era un tipo bastante nefasto, particularmente, conmigo. El tipo de güey que te da la mano guanga cuando se ve forzado a saludarte y ni siquiera te ve a los ojos cuando lo hace. Pero claro, a mi ahora-ex-novia nunca se le escapó decirle hola y sacarle plática mientras buscaba maneras de ignorarme. Cada vez que aparecía o lo encontraba en algún lado se me revolvía el estómago. No mucho tiempo después de haberlo conocido, mi ex me contó que tuvo un sueño donde él estaba presente. Lejos de ahondar en él, lo importante fue que eso, de alguna manera, me lastimó. Mi sangre hirvió, pero no hice nada.

Las fotos comprueban inequívocamente que no soy un modelo reconocido por su belleza física. No permito que eso me moleste, siempre lo he sabido, aunque algo dentro de mi siempre me ha dicho que me gustaría ser más "guapo". Por largos ratos durante mi vida, como cualquiera, he tenido muchas complicaciones en aceptar mi cuerpo tal y como es. Cuando era chico fui excesivamente flaco, con problemas alimenticios hasta los doce años. Después, en la pubertad, un ataque descomunal de acné por todo el cuerpo, combinado con una ansiedad que me ha acompañado desde los 13, generó que tuviera cicatrices queloides por todo el pecho, espalda y cara. Cuando llegué a la preparatoria, a los 17 años, evolucioné: el niño escuálido se transformó en un adolescente gordo con cicatrices por todo el cuerpo. Mi autoestima fue forjándose con un mutable carácter corporal, fortaleciéndose a partir de una noción resignada y confusa que todavía lucho por comprender.

Así llegamos a hoy. A los 24 años, desnudo, en un bosque, preguntándome qué hago aquí y por qué un sueño ajeno y un tipo que me desagrada me llevaron a desnudarme frente a una persona que conozco tan sólo superficialmente. La vena que se hinchó por un exceso de sangre incipiente al enterarme de que mi ex podía desear, inconscientemente, a alguien más, se hace presente esta vez en mi frente. No puedo comprender el funcionamiento de los celos, la inseguridad, el deseo, pero ni siquiera quiero intentarlo. Lo que busco es solucionarlo, tal vez, separando el análisis de la práctica, la teoría del hecho. Mi primitiva relación con los celos se siente como un filtro que me impide ver las cosas con claridad. Ni siquiera los meses sin verla ni saber de ella me hace pensar en mi: todo es ella, él, los sueños y las imágenes desencadenadas a partir de un latente rompimiento amoroso que se rehúsa a sanar.

Cuando vi la foto de este tipo con otras personas, lo único que mi mente pudo gritar fue: "me cagaría que mi (ex)novia se tomara fotos así", cosa que de brote inmediato sé que es errónea. ¿Por qué estaba pensando en una "posible" sesión de fotos de mi pareja desnuda? ¿por qué me molestaría tanto? ¿por qué inmediatamente tenía que pensar en ella y no en mi? ¿por qué no querría que nadie más la viera desnuda? ¿por qué me enfoco en ella si esta cuestión es mía? Solamente mía, con mis prejuicios e inseguridades propias.

Meses atrás, unos días después de ver la foto, la relación termina de manera definitiva y, desgraciadamente, muy poco sana para ambos. No vuelvo a hablar con ella; no lo he vuelto a hacer. Fue devastador en prácticamente todos los ángulos que le podía ver a la situación. Me permití caer durante un tiempo en una obsesiva aproximación al caso, pensando con quién estaría, a quién se cogía y por qué ya no me quería, por qué ya no nos podíamos querer más. Me enfocaba, siempre, en todo el daño que me había hecho sin reparar que una gran parte me lo hice yo solo. El pensamiento de que se hiciera fotos desnuda resurgía una y otra vez. En sueños y en distraídos momentos en el trabajo. No me lo podía sacar de la cabeza. Me enforcé en lastimarme, flagelarme.

Con el paso de los meses seguí viendo las fotos de Victoria Vera, en su Instagram Carney_Hueso, con interminable interés. Aparecieron más personas que conocí cuando era adolescente o hace poco tiempo y, con ello, empecé a gestionar mi propia sesión. La parte inconsciente quería que se llevara a cabo, la parte consciente me atacaba con pestañeos de no verle ningún sentido a hacerlo.

Llegado el momento, en una junta del trabajo, de improvisto propuse irme a tomar unas fotos desnudo para el proyecto de Victoria y escribir una crónica sobre ello. Sorpresivamente no hubo objeciones sino aliento a hacerlo. De inmediato me di cuenta de que, en realidad, no quería. Y por eso lo hice. Porque me percaté de que había estado corriendo entre espejos que no me reflejaban a mí sino a ella. Una carrera en donde huía de mis inseguridades y falta de reconocimiento, poniéndola a ella como la meta y culpable de mi desgracia. Sé bien que el papel que tomé no eran más que sombras proyectadas en una caverna y había tenido la audacia de culpar al fuego de que la luz natural me cegara.
A la tenue luz del día, opacada por gruesas nubes, regresé al momento que lo comenzó todo. Por vez primera, en una sesión que tomó un par de horas en los Dinamos, al sur de la Ciudad de México, me sentí identificado entre lo que muestra una imagen y la persona que soy. Caminando por el agua helada, conversé con las relaciones que pueden tener los temores propios con el espejo que termina siendo amar a una persona. El sol con imponente resignación rechazó que hubieran sombras en las fotos. Me preocupaban caminantes desprevenidos que pudieran aparecer, niños jugando cerca, el frío del agua, mi ropa arrumbada en una piedra; todo jugó un papel central para que, en vez de "olvidarme de todo", reafirmara que el que estaba ahí caminando desnudo era yo. Y nunca se me olvidó.

Más o menos a la altura del último dinamo se agotaron las opciones para seguir huyendo de mis inseguridades y me empecé a enfrenar conmigo. Pensé cómo había estado poniendo el reflector hacia la mirada del "otro", una sombra que opacaba los ángulos más escondidos de mi propia persona. Pensé cómo, con este acto, le había quitado el reflector a los demás, a ella, y me había subido al escenario. Cómo en un momento improvisado y con la resiliencia de un ejército que ya perdió la guerra, decidí dar una estocada directa hacia la raíz verdadera de lo que quería comprender sobre mi tristeza. No era su partida lo que más me dolía, sino que era el temor de que sería la última oportunidad que tendría para que alguien me amara, amara mi cuerpo, lo quisiera y deseara de una manera que pudiera superar la frivolidad del sexo pasajero. Los celos, sin duda alguna, iban atados de manera agresivamente directa a esta cuestión: la quería solo para mí, porque ella era la única que me podía querer así. Hoy, ahogado en un grito, declaro que no es así.

Sigo siendo ese niño escuálido de siete años, el granoso de los 13, el gordo de los 18 y el ambivalente resultado de todos ellos en un hombre de 24. Las ficciones que había generado en mi cabeza para ver mi cuerpo habían superado las imágenes reales con las que tenía que lidiar. Ya no más. Mientras mis pies descalzos recorrían el agua y el pasto de este bosque me di cuenta que la imagen no es necesariamente superficial y la narrativa mentirosa si decides compaginarlas con la realidad impuesta en el sujeto. En éste caso: Yo.
Fuente Infobae
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